Mañana es mi cumpleaños; no es una cantidad considerable, pero si de esas que te hacen pensar en cosas como la vida, el tiempo, las servidumbres, los amigos o los logros. Asociados a esos pensamientos vienen también los propósitos, conseguidos o no, como los hijos, la pareja (o no), la monotonía, el trabajo estable, oposiciones, la carrera eterna. La verdad es que miro a esos nuevos (o viejos) propósitos con recelo y, de momento, mantengo con ellos una distancia prudente que impide que me ataquen por sorpresa y se apoderen de mi voluntad; al contemplarlos de lejos tienen muy buen aspecto: atractivos, altos, apuestos, enamoran con su voz profunda y sus modulaciones perfectas, amables sin parecer afectados, uniformemente viriles… Tengo miedo de que si los meto en mi casa se conviertan en nuevos fracasos con envoltorio de regalo.
Uno de los propósitos me atrae especialmente porque promete un cambio profundo en el devenir de mi vida, y salpica con un poquito de esa incertidumbre y aventura que pone la sal y la esperanza en un futuro mejor. Es un propósito humilde visto desde fuera pero que supone toda una revolución, un cataclismo interno, un cambio de manera de vivir: se me propone dejar de esperar. Me acabo de enterar de que llevo toda la vida esperando algo: cosas como reconocimiento, una llamada, una invitación, una cita, un trabajo mejor, un día soleado, un poco de solaz, las vacaciones, la salud de mi madre… Pues bien, tal vez debería abandonar esa sala de espera y salir a la vida a bañarme de luz y de sombras, a acechar la oportunidad y cazarla al vuelo con un lazo y sonrisa; dejar de ser Penélope y convertirme en Hipólita.
Hoy luce un precioso día de suave lluvia que humedece amablemente el jardincito frente a mi ventana; el asfalto brilla contra la luz oblicua, las hojas de los árboles reverberan bajo el peso del agua que se escurre de ellas en gotitas –minúsculos contenedores de luz- mágicas; es un día de limpieza general del mundo; a este lado del cristal mi perra se frota en mis tobillos y el silencio llena la casa de una nada lenta y viscosa. Creo que voy a introducir ese propósito en mi vida, y su primer efecto será su misma aceptación; no tengo tanto miedo como curiosidad por ver cómo funciona ese pequeño gran salto al vacío: tengo claro que no habrá vuelta atrás.

